
La Aventura Argentina 1
Lic. Carlos A. Wilkinson
“La historia argentina puede verse como una sorprendente y original aventura colectiva. Una aventura que, como toda aventura, se sabe dónde empieza pero no dónde termina. Una aventura, por otro lado, llena de conflictos centrales y reiterados entre sus protagonistas”.
Una larga lucha contra nosotros mismos
La historia argentina registra muchos momentos caracterizados por su intensidad dramática y sus cambios de rumbo, que ponen a flor de piel conflictos profundos no resueltos.
En nuestros inicios mismos como país independiente, se produce el sorpresivo levantamiento en armas del gauchaje en apoyo a la revolución de Mayo, con Artigas a la cabeza en la Banda Oriental y el Litoral y Güemes a la cabeza en el Norte. Esta aparición repentina del “gauchaje rural” como actor fundamental del proceso independentista, provocó una reacción de pánico, descalificación, oposición e intento de eliminación por parte de la alta sociedad urbana de Buenos Aires, Montevideo y Salta. Se prefiguraba, de ese modo, una ruptura inicial y profunda en el cuerpo social de la naciente argentina; como anticipando un destino inexorable y reiterado de luchas permanentes y orientaciones antagónicas en la construcción del país.
El tumultuoso período encerrado entre las batallas de Caseros (1852) y Pavón (1861) con la entronización final del proyecto unitario de nación, después de una lucha encarnizada de cuatro décadas, fue una muestra innegable de esa profunda ruptura. Alegrías exultantes y tristezas profundas, se alternaron entre amplios sectores de la población del país durante este período. La larga lucha fratricida entre unitarios y federales que ocupó casi toda la primera mitad del siglo XIX, no sólo puso de manifiesto en forma por demás clara, la presencia de enfrentamientos profundos en los orígenes del país, sino que marcó de manera incuestionable los parámetros centrales de esa especie de matriz conflictiva que nos acompaña desde entonces.
El poderoso torrente de progreso materializado en ferrocarriles, bolsas de comercio, explotaciones agropecuarias, bancos, masas inmigratorias y exportaciones prodigiosas, hacía creer a muchos que la antigua argentina federal, gaucha y montonera, quedaba muerta y definitivamente sepultada. En su lugar, una república europea moderna se instalaba en estas tierras, supuestamente para siempre. El surgimiento de los originales y autóctonos movimientos populares del Yrigoyenismo y posteriormente del Peronismo, mostrarían que tales pronósticos eran falsos.
De hecho, el inesperado y entusiasta festejo popular que desató el acceso de Yrigoyen al gobierno nacional en 1916, fue otro momento de intensidad dramática y cambio de rumbo. El delirio de la muchedumbre fue tal, que sus integrantes, superando toda previsión, desengancharon los caballos del coche oficial y arrastraron a pulso el carruaje por la Avenida de Mayo desde el Congreso hasta la Casa Rosada. Una argentina desconocida e invisible, emergía a la vida pública, eufórica, desde el anonimato. Los desconcertados herederos de la generación del 80, mostraron su inocultable desagrado ante tal sorprendente gesto popular irruptivo; el resto ilusionado. La ilusión duró relativamente poco. El golpe del 30 lo demostraría.
En efecto, en Septiembre de 1930, otro incidente imprevisto sacudiría profundamente la conciencia del país. Uriburu, al mando de una columna militar, ingresaba a la Casa Rosada para desalojar al viejo Yrigoyen del gobierno. Para unos cuantos, el país de la generación del 80 volvía para quedarse definitivamente. No fue así; el 17 de Octubre del 45 lo pondría en evidencia.
La fenomenal e inesperada reacción multitudinaria el 17 de Octubre de 1945 ante la detención de Perón, no solo terminó con esa ilusión, sino que, para muchos, la revolución social y nacional daba los primeros pasos de una definitiva “Nueva Argentina”. El golpe de estado del 55 no convalidó esta presunción.
El 16 de Septiembre de 1955, cuando un golpe militar se propuso echar por tierra el país peronista construido a lo largo de diez años, igual que en los sucesos anteriores, la historia parecía dar un giro completo y encarrilarse por caminos exactamente opuestos a los recorridos hasta entonces. La vuelta de un Perón triunfante, diecisiete años después, demostró la falsedad de tal creencia.
Pocos años después, efectivamente, el retorno del Perón al país después de años de obligado exilio, y el triunfo contundente del frente por él armado, generó una vez más, alegría y esperanza de muchos, desesperanza y tristeza de otros. Una parte sustancial de la población consideró que, finalmente y para no irse más, había llegado el momento de la nación “libre justa y soberana”. Tampoco fue así; el golpe de estado del 76 pondría de manifiesto lo contrario.
La interrupción del gobierno electo en aquella templada madrugada del 24 de Marzo de 1976, fue otro de estos hechos dramáticos de nuestra crónica colectiva. La figura de un hierático Videla y un optimista Martínez de Hoz emergieron a la luz pública, al tiempo que la sensación de que se acababa para siempre un rumbo y empezaba otro, invadió las conciencias de todos los habitantes del país. Pero no fue así; la vuelta a la democracia con la elección democrática de Alfonsín, años después, lo pondría en evidencia.
El triunfo de Alfonsín en Octubre de 1983, que no solo cerraba un largo e intensamente represivo gobierno militar de siete años, sino que derrotaba sorpresivamente al peronismo en elecciones limpias y sin proscripciones, por primera vez en la historia argentina. Muchos pensaron que se instalaba para siempre una democracia ordenada, estable, sin altibajos en la sucesión de los gobernantes. Las jornadas del 19 y 20 de Diciembre del 2001 se encargarían de mostrar lo contrario.
Posteriormente, tanto la reelección de gobiernos peronistas-kirchneristas durante 12 años como el triunfo macrista del 2015, el retorno peronista del 2019 y el triunfo de Milei en el 2023, no dejan de evidenciar la reiteración de sorpresas y cambios de orientación, como características relevantes de la Aventura Argentina.
Lo que todos los sucesos detallados muestran de forma por demás contundente, es que dicha aventura está jalonada por una lucha feroz y permanente entre dos parcialidades, ambas poderosas, que van adoptando distintas modalidades y ropajes, pero que muestran una notable continuidad a lo largo de nuestra vida colectiva. Es una lucha subterránea y profunda, que periódicamente emerge a la luz – más allá de las circunstancias y proyectos históricos particulares que expresan – para manifestarse en triunfos y derrotas unilaterales aunque inestables. Triunfos y derrotas, que modifican sustancialmente la dirección en función de la cual se intenta construir el país, pero que, a poco andar, muestran su incapacidad para sostenerse en el tiempo.
La persistencia a lo largo de casi doscientos años de historia, de esta alternancia en la dirección del país, por parte de fuerzas tan opuestas como incapaces de imponerse definitivamente, sugiere la existencia de una honda oposición en la urdimbre básica de nuestra sociedad. Insinúa un antagonismo irresuelto entre maneras de ser, de percibirnos a nosotros mismos y de proyectarnos al futuro, que conviven luchando entre sí, en los estratos más profundos de nuestra misma constitución societal. Un conflicto irresoluto y recóndito que periódicamente irrumpe en la superficie, como un movimiento sísmico, imponiendo desandar un rumbo determinado y encarando otro de signo contrario. Como si en los pliegues más hondos de nuestra sociedad yaciera, escondida, una desavenencia abismal, un insondable desacuerdo existencial; una lucha permanente de una parte de nosotros mismos contra otra parte de nosotros mismos. Poniendo de manifiesto una profunda discrepancia en torno a lo que fuimos, somos, queremos y debemos ser.
Ahora bien, ¿cuáles son los parámetros centrales, la trama interior y oculta de ese antagonismo?
Lic. Carlos A. Wilkinson